martes 13 de septiembre de 2011

La culpa de Kurt Cobain



Este 24 de septiembre se cumplirán veinte años del lanzamiento del disco Nevermind. Considerado como la cumbre de la carrera de Nirvana, su éxito ha sido comparado con el furor de la Beatlemanía. ¿Qué fue Cobain? ¿Un genio o un charlatán? ¿Fue una revolución estética o un tsunami mediático?

En 1991, yo tenía catorce años. Armado con mi primera guitarra eléctrica, cada sábado solía juntarme con mis amigos para hacer ruido en alguna cochera. Intentando imitar a nuestros héroes, deformábamos hasta el sufrimiento los temas de bandas como Poison o Motley Crüe. Estaba de moda el Glam rock; Bret Michaels y Tommy Lee salían a cantar con más maquillaje del que ha usado Naomi Campbell en toda su vida, las hombreras y las estolas de Richie Sambora humillaban los atuendos de Paquita la del Barrio. A escondidas de los maestros, fumando en los baños, intercambiábamos cintas de nuestros grupos favoritos: Skid Row, Whitesnake, Van Halen. Éramos la carne de cañón del MTV, estábamos enganchados y soñábamos con encontrar la ruta que nos llevaría de la tabla periódica a los escenarios. Nosotros también usaríamos hombreras y estolas para tocar solos increíblemente rápidos frente a miles de personas. Por suerte nunca lo logramos. La culpa fue de Kurt Cobain. Un día, sin mayores preámbulos, presencié en la pantalla el video de una banda desconocida. Durante casi cuatro minutos, tres jóvenes tocaban un tema semipunk de tonada pegajosa. Brincoteando en la cancha de basket de una escuela, estos desconocidos usaban tenis de lona, jeans gastados y playeras rayadas. Nada de escenarios en alto con luces propias del Tropicana. El sonido de la banda correspondía con sus fachas: con cuatro sencillos acordes, ellos se acercaban mucho más a lo que nosotros éramos que las acrobacias digitales que Slash practicaba mientras emergía del fondo del atlántico. Así llegó a Nirvana.

Nacido en Aberdeen, un pueblo cerca de Seattle, Kurdt Cobain tuvo una infancia difícil. Vivía con su padre en un remolque, en un barrio representante de lo que los gringos conocen como white trash; la escoria blanca. Tenía el fracaso asegurado. Desde muy joven siguió de cerca a Los Melvins, una banda de punk subterránea que lo adoptó y le mostró los primeros acordes. En sus diarios de adolescente, Cobain no dejaba de burlarse de Bon Jovi, Van Halen y los grupos del Glam, por los que no se sentía representado. Decidido a dar respuesta, formó una banda con su amigo Chris Novoselic. Lo tenía muy claro, él quería hacer otra cosa: ni punk, ni glam. Sin estudios ni trabajo fijo, la fuerza centrífuga del capitalismo lo lanzó a limpiar oficinas, fue así como reunió el dinero para grabar Bleach, su primer demo. Ni pena ni gloria. El desequilibrio vino con el éxito del segundo disco, Nevermind. Editado por Sub Pop y reeditado por Geffeen (el mismo sello de Guns N’ Roses), en pocos meses, Smells like teen spirit desbancó al Dangerous de Michael Jackson del número uno de las listas, generando ventas millonarias. Vinieron las giras mundiales. El rímel escurría por las mejillas de los rockeros Glam, que atacaban a Cobain de ser un junkie sin creatividad. Ahora todos querían sonar a Nirvana, vestir como ellos. Pero se equivoca quien piense que la historia de Kurt Cobain es una versión rockera de la cenicienta. Por el contrario, los diarios del cantante muestran el reverso del éxito que mostraba el MTV. Entre más éxito comercial tenía Nirvana, mayores eran el desencanto, la rabia y la culpa de Cobain. Ironías de la vida, su postura ante el mundo y la claridad en su propuesta estética lo habían llevado a ser un juguete de lo que tanto detestaba. En la cresta de la ola, Cobain perdió el timón. Seguro estaba conciente de ese riesgo cuando, poco antes de suicidarse, escribió: “hace unos años opté por permitir que los corporativistas blancos me explotaran y me encanta…” Adicto a la heroína y fastidiado de ser la gallina de los huevos de oro, Kurt Cobain se suicidó en abril de 1994.