Este 24 de septiembre se
cumplirán veinte años del lanzamiento del disco Nevermind. Considerado como la
cumbre de la carrera de Nirvana, su éxito ha sido comparado con el furor de la
Beatlemanía. ¿Qué fue Cobain? ¿Un genio o un charlatán? ¿Fue una revolución estética o un tsunami mediático?
En 1991, yo tenía catorce años.
Armado con mi primera guitarra eléctrica, cada sábado solía juntarme con mis
amigos para hacer ruido en alguna cochera. Intentando imitar a nuestros héroes,
deformábamos hasta el sufrimiento los temas de bandas como Poison o Motley Crüe. Estaba de moda el Glam rock;
Bret Michaels y Tommy Lee salían a cantar con más maquillaje del que ha usado
Naomi Campbell en toda su vida, las hombreras y las estolas de Richie Sambora humillaban
los atuendos de Paquita la del Barrio. A escondidas de los maestros, fumando en
los baños, intercambiábamos cintas de nuestros grupos favoritos: Skid Row, Whitesnake,
Van Halen. Éramos la carne de cañón del MTV, estábamos enganchados y soñábamos
con encontrar la ruta que nos llevaría de la tabla periódica a los escenarios.
Nosotros también usaríamos hombreras y estolas para tocar solos increíblemente
rápidos frente a miles de personas. Por suerte nunca lo logramos. La culpa fue
de Kurt Cobain. Un día, sin mayores preámbulos, presencié en la pantalla el
video de una banda desconocida. Durante casi cuatro minutos, tres jóvenes
tocaban un tema semipunk de tonada pegajosa. Brincoteando en la cancha de
basket de una escuela, estos desconocidos usaban tenis de lona, jeans gastados
y playeras rayadas. Nada de escenarios en alto con luces propias del Tropicana.
El sonido de la banda correspondía con sus fachas: con cuatro sencillos
acordes, ellos se acercaban mucho más a lo que nosotros éramos que las
acrobacias digitales que Slash practicaba mientras emergía del fondo del
atlántico. Así llegó a Nirvana.
Nacido
en Aberdeen, un pueblo cerca de Seattle, Kurdt Cobain tuvo una infancia
difícil. Vivía con su padre en un remolque, en un barrio representante de lo
que los gringos conocen como white trash;
la escoria blanca. Tenía el
fracaso asegurado. Desde muy joven siguió de cerca a Los Melvins, una banda de punk subterránea que lo adoptó y le mostró los primeros acordes. En sus diarios de
adolescente, Cobain no dejaba de burlarse de Bon Jovi, Van Halen y los grupos
del Glam, por los que no se sentía
representado. Decidido a dar respuesta, formó una banda con su amigo Chris
Novoselic. Lo tenía muy claro, él quería hacer otra cosa: ni punk, ni glam. Sin
estudios ni trabajo fijo, la fuerza centrífuga del capitalismo lo lanzó a
limpiar oficinas, fue así como reunió el dinero para grabar Bleach, su primer demo. Ni pena ni gloria. El desequilibrio
vino con el éxito del segundo disco, Nevermind.
Editado por Sub Pop y reeditado por Geffeen (el mismo sello de Guns N’ Roses),
en pocos meses, Smells like teen spirit
desbancó al Dangerous de Michael
Jackson del número uno de las listas, generando ventas millonarias. Vinieron las giras mundiales. El rímel escurría por las mejillas de los rockeros Glam, que
atacaban a Cobain de ser un junkie sin creatividad. Ahora todos querían sonar a
Nirvana, vestir como ellos. Pero se equivoca quien piense que la historia de
Kurt Cobain es una versión rockera de la cenicienta. Por el contrario, los
diarios del cantante muestran el reverso del éxito que mostraba el MTV. Entre
más éxito comercial tenía Nirvana, mayores eran el desencanto, la rabia y la
culpa de Cobain. Ironías de la vida, su postura ante el mundo y la claridad en
su propuesta estética lo habían llevado a ser un juguete de lo que tanto
detestaba. En la cresta de la ola, Cobain perdió el timón. Seguro estaba
conciente de ese riesgo cuando, poco antes de suicidarse, escribió: “hace unos
años opté por permitir que los corporativistas blancos me explotaran y me
encanta…” Adicto a la heroína y fastidiado de ser la gallina de los huevos de
oro, Kurt Cobain se suicidó en abril de 1994.

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