
Todos los días, para ir al calabozo donde expío mis culpas, tomo el metro en la estación Ermita de la línea 2 del metro de la ciudad de México. Quienes aquí vivimos sabemos de sobra lo que eso significa: más que usuario o viajero, por los tres pesos que cuesta el boleto te vuelves testigo de lo insólito y cliente potencial de lo insospechado: faquires que se acuestan en vidrios, cantantes de norteña, virtuosos del güiro y predicadores de cualquier credo se alternan con globos, hilos, mazapanes, rompecabezas, libros de chistes, lámparas de halógeno, baterías de cualquier tamaño, piratería en mp3, videos de Barney, chocolates, lapiceras y boligomas. Es cierto, nada de esto es nuevo para quienes circulamos a diario por los intestinos de la ciudad. Hoy, sin embargo, pude ser testigo de una de esas escenas por las que -la anécdota es ya tanto un lugar común que casi se vuelve cierta- André Breton nos definió como "los verdaderos creadores del surrealismo". A la altura de la estación Villa de Cortés, subió al tren una mujer morena, de evidentes rasgos indígenas. No tendría más de treinta años, pero su piel mostraba ya los estragos de quien ha dejado su vida entera trabajando en los surcos. Cargaba, amarrado a la espalda con un rebozo, a un niño de unos cuantos meses. Su cabello, negro y largo, caía en una trenza que le llegaba casi a la cintura, por calzado llevaba sólo un par de chanclas de plástico. Tal vez por el bebé, alguien le ofreció cederle el asiento, ella declinó con la mano. Casi en seguida comenzó a hablar con voz recia: "Andrés Henestrosa nació casi junto con el siglo, en 1906, y murió ciento un años después. Es uno de los grandes poetas que ha dado esta tierra..." Durante el trayecto de dos estaciones, con gran seguridad y retórica impecable, fue contando la vida del escritor de origen oaxaqueño; habló de su relación con José Vasconcelos, con Antonio Caso, de su obra como recopilador y traductor de la lengua zapoteca. No era un monólogo aprendido, ni una oportunista consulta de Wikipedia para chantajear a dos que tres nostálgicos: la señora, mientras daba el pecho a su hijo (para entonces ya se había acomodado estratégicamente el rebozo, acunando al pequeño) hablaba de la obra de Henestrosa con un orgullo y una pasión que pocas veces he visto en los eruditos que bostezan en las ferias del libro. Siguió la mujer desgranando datos como quien habla de lo que conoce de sobra, cuando vino la réplica de la realidad: un vendedor de discos subió al tren, pisoteando con ostentoso ruido la voz de la indígena (en la ciudad de México los vendedores de piratería cargan una bocina que, literalmente, vomita decibeles para convencer al mundo de aprovechar su oferta). No se dejó vencer tan fácil la promotora de Henestrosa y comenzó a cantar, voz en cuello, algunos de los versos del Oaxaqueño: La Martiniana. El bucanero optó entonces por el desenlace lógico para cualquier corsario: subió el volumen de su arma y masacró definitivamente a la oaxaqueña. No pudo ella ni pedir las propinas que ya se había ganado pues el ruido, como sucede siempre que alguien intenta dialogar con la intolerancia, terminó imponiéndose. Tenía yo muchas ganas de escuchar La Martiniana, y ella debió de leerlas en mis ojos, porque fue hasta donde yo estaba. Pensé que iba a pedirme una moneda, cuando vino la verdadera lección del día: acercándose a mi oído, como quien trata de proteger una flor en medio del huracán, me cantó el par de versos que faltaban para completar el coro: "...en cambio si tú me cantas yo siempre vivo y nunca muero". No bien hubo terminado, me sonrió dejándome unas palabras que vinieron a rematar mi asombro: "No te preocupes, puedes encontrar muchas versiones en You Tube... "
2 comentarios:
¡Es hermoso! Se me hizo un nudo en la garganta.
Aunque la fortuna le coqueteó al vivir esto, ella misma es caprichosa y no le sonrie a cualquiera, solo a los elegidos.
Le extraño sinceramente Maestro. reciba un abrazo.
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