No sé de dónde nos venga el afán por coleccionar. Bien mirado, los objetos casi siempre sobreviven a nuestra efímera existencia. Aún así, se cargan de valor según hayan sido utilizados por tal o cual persona o provengan de una historia única. Así lo demuestra el culto de los coleccionistas que han pagado fortunas por objetos triviales que pertenecieron a Pedro Infante, a Marilyn Monroe, a John Lennon. La práctica no es nueva, ya en la edad media proliferaban las reliquias: lleve sus astillas de la cruz de Cristo, conozca el santo sudario, visite los huesos de los apóstoles... todo con su debida piratería; no por nada san Pedro está enterrado al menos en quince ciudades de Europa. Ni que decir de la búsqueda del Santo Grial, la legendaria copa que, con su brazo sin fuerza, Jesús alzó en la última cena. La misma copa con la que se dice que José de Arimatea recogió su sangre durante la crucificción, y que por supuesto, nunca ha sido recuperada. Como la espada de Excalibur, el mito de la piedra filosofal y tantos otros reality shows del siglo XII, el mito del Grial poco o nada contenía de verdad.
De mi abuelo heredé el gusto por ir a ver las chácharas, los tiliches. Cada domingo pasaba muy temprano por él para ir a pasear por La Alianza donde gente venida de Torreón, Gómez o Lerdo vendía lo inimaginable. ¿Qué buscamos ahora abuelo? le preguntaba, a lo que él invariablemente respondía: "¿Cómo quieres que sepa? cuando lo vea lo sabré...." Mientras caminábamos, me contaba de aquellos paraísos que solía visitar él en su juventud, cuando vivía en San Francisco: enormes flea markets donde podían encontrarse piezas incluso de aparatos que aún no habían sido inventados. Yo, que me aburría enormemente durante esas excursiones, poco a poco fui tomándole el gusto a hurgar entre aquellos cerros de vejestorios. Después, cuando el abuelo murió, ir a La Alianza cada domingo fue la mejor forma que mi hermano y yo encontramos de sentir que aún algo de él quedaba con nosotros. Siempre que visito uno de estos sitios, he llevado en la mente las palabras del abuelo "¿Qué busco?" me pregunto, "Cuando lo vea, lo sabré" me respondo casi de inmediato.
He visitado algunos mercados de pulgas famosos, como El Rastro en Madrid, el Persa Franklin en Santiago de Chile y La Lagunilla en la Ciudad de México. Sin embargo, cada vez me convenzo de que la voraz dinámica de la producción que mantiene este inocente pasatiempo tiene en el fondo un precio muy alto. Como humanidad, estos cementerios del consumo me recuerdan que no estamos produciendo lo que necesitamos, sino lo que más se vende, aunque no sirva para nada. El mejor ejemplo son los horrendos monigotes de plástico paridos por la cajita infeliz de Mc Donalds: supongo que si juntáramos todos los que dormitan en las banquetas del mundo, podríamos cubrir tres veces la superficie del estado de Chihuahua y creo que aún así sobrarían cientos de Lisas Simpson y Buzzlightyears. Me evadiré alegando que la culpa es siempre el mejor aderezo para el placer.
Este domingo me colgué una vez más el morral de los hallazgos y fui en busca de lo desconocido. Entre tanto plástico, el papel es casi siempre ninguneado, así que los libros representan la posibilidad de aumentar el marcador para los visitantes. Cansado, me dirigí al extremo de la calle, donde, sobre el suelo, un señor exhibía unos quince o veinte tomos atrincherados entre zapatos viejos, ceniceros de moteles en desgracia y jirafas de peluche moribundas. Entonces lo vi: escoltada por una licuadora sin motor y tres barbies semidesnudas, descansaba la mítica primera edición de Cien Años de Soledad. Y digo mítica porque, como el mismo García Márquez lo ha dicho en cientos de ocasiones, esta fue una edición preparada a las prisas para el lanzamiento del libro. Tan a las prisas fue hecha que el galeón que ilustra la cubierta fue colocado al revés, mirando hacia el lomo y no hacia las solapas. Hoy, los coleccionistas llegan a pagar hasta ocho mil dólares por un ejemplar de esos. Tomando el libro, traté de adivinar por qué caminos había llegado este ejemplar hasta este sitio desde que fue editado en Buenos Aires hace ya cuarenta y cuatro años. ¿Quién lo trajo a México? ¿Quiénes habían sido sus dueños anteriores? ¿lo tirarían a la basura? ¿Estaría completo? Lo hojeé y, en efecto, no le faltaba nada: la página legal y el colofón estaban intactos. Por fin había encontrado lo que buscaba…
-Depende, hay de varios precios
-¿Éste en cuanto?
-Ése es de los buenos, dame veinte pesos
2 comentarios:
Gran anécdota, además me recordaste un poema de Borges, sobre todo por tu reflexión inical.
¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido.
Saludos, Frino!
Nancy
Hola Frino, mi maestrazo, como siempre escribes de poca madre.
ATTEE. tu exaluno de la buena escuela del rock, Miguel Ángel Grcía Mata.
Saluos caón.
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