miércoles 22 de junio de 2011

Jako, el perseguidor


Jako y Frino

2 de junio de 2011. Día 158. Dan las ocho de la noche, y comienza la sesión de sax en Misantla y Tehuantepec, colonia Roma, en la ciudad de México. Recién suenan los acordes de Malamuerte y Jako González, en su primer turno al bat, revienta la melodía fuera del estadio. Los demás escuchamos, contentos de que sea él y nadie más quien venga a ponerle el azafrán a las rolas que hemos estado cocinando durante los últimos meses. El tema no llega aún a la primera estrofa y ya estamos convencidos de que esta toma es la buena; en la cabina la mirada generalizada es la del niño frente al mago, tratando siempre de descubrir el as que duerme bajo la manga, de mirarle las orejas al conejo agazapado en el doble fondo del sombrero...

Deja un beso en el cigarro
labios rojos como un colibrí
vuela el diablo sobre la ciudad

buscando con quien bailar...


Jako sigue tocando, atento a lo que sucede entre la voz, el bajo, la guitarra. Responde a las provocaciones tímbricas del tema como quien boxea con el aire o con su sombra y le gana sin esfuerzos. Porque Jako, más que un ejecutante del sax, es un domador de melodías. Lejos de conformarse con el título de encantador de serpientes o de flautista de Hamelin, Jako es un alquimista de las notas, un chamán conjurador de los silencios. No sé que tanto sea por el temperamento nocturno del tema, pero el caminar lento y arrastrado del bajo del Oso Mandujano, en complicidad con los platillos del Lanudo, parecen favorecer a crear un clima de humo y nostalgia, de tristeza, un entorno propicio para armar un coro de gospel con cien gatos vagabundos, para seguirle los pasos a Alicia por todo el reino, un ecosistema propicio para el blues...

Sólo un gato la vigila
maullando en la noche
sus peores mentiras
y un colchón de malamuerte
rechina en su oído
rechina en su mente...

Escucho barritar al saxofón de Jako y pienso en Johnny, el entrañable personaje de El Perseguidor, ese gran cuento de Julio Cortázar. Los arpegios abiertos de la guitarra me recuerdan, no sé por qué, a los relojes derretidos de Dalí, a los muebles con cajones que no están ni cerrados ni abiertos, y otra vez el mundo es una puerta sin picaporte, sin manija ni cerrojos, la salida de emergencia resultó ser de nuevo una pared. Un segundo después Jako ya es Encías Sangrantes Murphy, y pienso en que sería indispensable hacer un tratado biológico sobre los hábitos salvajes de los saxofones, esa fauna siempre tan cerca de las mujeres con medias de red, tacones altos y vestidos abiertos a media pierna, los saxofones; esos bichos que hacen sus madrigueras en el fondo de los bares, siempre tan a oscuras y tan debajo de los puentes, tan amigos de los sombreros de tela, tan predispuestos para el lamento, como elefantes citadinos que lloraran su tristeza porque no pueden aparearse con la luna, tan blanca, tan alta... Y es entonces cuando caigo en cuenta de que no pensé en un saxofón para Malamuerte sino que fue al revés: compuse Malamuerte para poder invitar a Jako a tocar el sax en este disco...

y el semáforo es la oruga que no para de fumar
escuchaste su consejo: una bala, nada más
apretando bien los dientes tras el humo del hachís
al cruzar por el espejo, te olvidaste del país...

Terminan dos, tres tomas de Malamuerte, hay tela más que suficiente para cortar un buen traje. Jako se ve contento, nosotros más. Pero Sésamo aún no se cierra. Tras un cambio de cañas, viene la hermana mayor: Mula de Sietes. Jako sigue haciendo de las suyas pero ahora en Re menor, respondiendo a las guitarras de Fredy, a los coros de Gabrielle e Isabelah, a los surrealistas versos de esta rola en la que se asoman lo mismo César Vallejo y La Cucaracha... No es tan cierto eso de que un rayo no cae dos veces en el mismo sitio: porque acá volvió a suceder. Deliberadamente, entre los acordes de La Mula... el mismo rayo nos partió una, dos, diez veces. La rola termina con una versión de Apaga la luz, pero yo ya estoy perdido en el reino de los gatos arpegiados, las ranas anglófonas y las orugas con enfisema pulmonar. Debe ser por eso que cuando viaja sobre su saxofón, a Jako no hay quien le pida visa ni pasaporte.

En total, la sesión dura una hora y media, no hace falta más. Después, la descompresión del buzo, la cuarentena del astronauta, el aterrizaje de la alfombra en una duna: una conversación sobre las especies en extinción, sobre los tipos que juntan basura en sus cocheras, sobre los leones que se alimentan de croquetas. Bromeamos, mientras tomamos cerveza y comemos pizzas frías en la salita de Fede Luna. Nadie lo dice, pero estoy seguro que, igual que yo, todos en el fondo estamos ansiosos por escuchar las tomas que acabamos de hacer, porque estamos muy cerca de que las canciones tomen su forma definitiva. La verdad, no es tan sencillo, pero para eso hay tiempo...