
Hace un siglo que Miguel Hernández nació en Orihuela, un pueblito al sur de España. Durante sus primeros años fue, continuando con el oficio de su padre, un humilde pastor de cabras. Cuando cumplió diez, lo enviaron a estudiar con los jesuitas en el colegio de Santo Domingo, en donde sus profesores advirtieron su natural inteligencia y su gusto por las letras. Tanto empeño mostraba en sus estudios, que los curas le aconsejaron al padre de Miguel que le costease una carrera. Pero no fue así y Miguel tuvo que regresar al cuidado de las cabras, alternando ese oficio con la tarea de repartidor de leche. Para su fortuna, pronto encontró a un grupo de muchachos aficionados a escribir versos. Su amistad con los hermanos Fenoll y con Ramón Sijé habría de ser decisiva para estimular su vocación literaria. Fue gracias a éste último que tuvo acceso a la poesía de Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Darío, Machado y García Lorca.
Al poco tiempo, Miguel no pudo soportar el ambiente estrecho de Orihuela, así que decidió emigrar a Madrid, no sin antes escribirle una carta a Juan Ramón Jiménez, —el poeta que más admiraba— para anunciarle su viaje: “Tengo un millar de versos escritos sin publicar y no sé que hacer con ellos. A veces me digo que quemarlos tal vez fuera lo mejor. Soñador, como otros tantos, quiero ir a Madrid. Abandonaré las cabras y con el escaso cobre que puedan darme tomaré el tren para la corte. ¿Podría usted recibirme en su casa y leer lo que le lleve?”
No se sabe si Jiménez le contestó aquella carta, lo cierto es que a las pocas semanas Miguel Hernández llegó a Madrid. Lleno de ilusiones respecto a hacerse de un nombre en la poesía, intentó publicar, pero tras algunas semanas de constantes negativas y ya sin dinero, decidió regresar a Orihuela.
Sin embargo, el llamado de la poesía era tal, que Miguel continuó escribiendo y en 1932 logró su primera publicación, Perito en lunas, un poemario del que sólo se vendieron unos pocos ejemplares. Con todo, reseñas muy elogiosas aparecieron en algunos periódicos de Murcia, lo que significó una nueva motivación para Miguel, que decidió regresar a Madrid. Esta vez fue recibido en la casa de Pablo Neruda, con quien logró construir una sólida amistad. El poeta chileno lo recuerda así en sus memorias: “Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces y que conserva frescura subterránea. Me contaba cuentos terrestres de animales y pájaros. Era un escritor salido de la naturaleza como una piedra intacta, con virginidad selvática y arrolladora fuerza vital. Otras veces me hablaba del canto de los ruiseñores. El Levante español, de donde provenía, estaba cargado de naranjos en flor y de ruiseñores. Como en mi país no existe ese pájaro, ese sublime cantor, el loco de Miguel quería darme la más viva expresión plástica de su poderío. Se encaramaba a un árbol de la calle y desde las más altas ramas, silbaba o trinaba como sus amados pájaros natales.” (de Confieso que he vivido, Memorias de Pablo Neruda)
La opinión que Neruda tiene de Hernández no se limita a recordar las anécdotas. También comenta su obra: “Los elementos mismos de la poesía los vi salir de sus palabras, pero alterados ahora por una nueva magnitud, por un resplandor salvaje, por el milagro de la sangre vieja transformada en un hijo. En mis años de poeta, y de poeta errante, puedo afirmar que la vida no me ha dado contemplar un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal.”
Se equivoca quien pudiera pensar que se trata sólo de elogios entre amigos. Por el contrario, pasaron décadas antes de que el mundo comenzara a hacer justo reconocimiento a los versos de este poeta, uno de los más grandes que haya visto el siglo pasado. La voz de Miguel Hernández puede alcanzar la desesperanza más profunda o la ternura más alta, siempre al cuidado de la perfección formal (clara herencia de su amor por la obra de Góngora) y de la intensidad de las imágenes y las metáforas que trinan sobre las ramas de sus versos. Dos poemas bastan para demostrar esta afirmación. Nanas de la cebolla es conocido por las versiones que de él han hecho cantantes como Joan Manuel Serrat o Alberto Cortez, pero pocos saben la historia que hay detrás de esta canción de cuna. Al final de la guerra civil española, en 1939, Miguel Hernández fue condenado a muerte por su actividad política, pero gracias a la intervención de sus amigos logró que su condena fuera cambiada por treinta años de prisión. Ya en el encierro recibe una carta de su esposa, Josefina Manresa, contándole que por la precaria situación en la que viven ella y su hijo, puede alimentarse sólo con pan y cebollas. De esta dolorosa experiencia emerge el poema, del que cito un fragmento:
En la cuna del hambre
mi niño estaba,
con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
Que te tragas la luna
Cuando es preciso.
[…] Vuela, niño, en la doble
luna del pecho:
él triste de cebolla
tú , satisfecho.
No te derrumbes
no sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
En una doble alegoría, Miguel hace de la cebolla —ese ácido bulbo que sirve para aderezar algunos platillos—, una luna redonda y dulce, comparándola también con la doble luna del pecho que alimenta a su hijo. Así, la blanca sangre de las cebollas (la leche materna), es la luna azucarada que asegura la vida del bebé. En otras partes del poema, Miguel habla de su estancia en la cárcel, lejos de su hijo: “Tu risa me hace libre, me pone alas/ soledades me quita, cárcel me arranca […] es tu risa la espada más victoriosa/ vencedor de las flores y las alondras. Rival del sol, porvenir de mis huesos y de mi amor.”
En Sino sangriento, por el contrario, encontramos una voz amarga, que con un aliento más largo canta a la desesperanza y a la muerte. Escrito muchos años antes de entrar en prisión, el pastor de Orihuela parece vislumbrar su trágico final:
De sangre en sangre vengo,
como el mar de ola en ola […]
Me persigue la sangre ávida y fiera
desde que fui fundado
y aun antes de que fuera
proferido, empujado
por mi madre a esta tierra codiciosa
que de los pies me tira y del costado
y cada vez más fuerte hacia la fosa.
Lucho contra la sangre, me debato
contra tanto zarpazo y tanta vena
y cada cuerpo que tropiezo y trato
es otro borbotón de sangre otra cadena.
Miguel Hernández murió el 24 de marzo de 1942, en la madrugada, por una complicación de tuberculosis pulmonar. Tenía sólo 32 años. Tal vez, como dijo Neruda “el ruiseñor no resistió el cautiverio”. Como afirmé antes, su obra es una de las más sólidas de la poesía en nuestra lengua, y debo agregar que goza de una vigencia de la que pocos poetas pueden presumir. Hoy que las ideologías parecen obsoletas y la falta de compromiso caracteriza a las nuevas voces (no sólo en lo social, también respecto a la tradición y hacia la lengua misma), es importante propiciar el redescubrimiento de figuras como la de Miguel Hernández. Muchos homenajes vendrán este año para el pastor de Orihuela: discos, ediciones de lujo de su obra, charlas y conferencias en las ferias de libros. Pero, sin dudas, el mejor homenaje será leerlo.


























